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Los árabes (del árabe al-ʻaráb, árabe) son un pueblo natural de la península Arábiga.

Historia Editar

El origen de los árabes es un problema histórico aún no resuelto, aunque parece indiscutible que esta denominación se aplicó inicialmente a los beduinos instalados en la región que se extiende ente Siria y Mesopotamia, cuna indiscriminada de los pueblos semitas, en cuya rama sudoccidental acostumbran ser clasificados los árabes. Desde tiempos preislámicos los árabes se distinguían en dos grupos, los nómadas y los sedentarios, pero la mayoría de ellos eran nómadas. Organizados en tribus, se produjeron numerosos movimientos de tipo emigratorio. Esta emigración se potenció bajo el Islam, que al mismo tiempo unificó las tribus y permitió la formación de grandes imperios.

Filosofía Editar

La filosofía árabe, de origen teológico, tuvo un período de esplendor que abarca del siglo VII al XII. En Siria se habían localizado importantes escuelas, como las de Antioquía y Nisibis. Esta circunstancia favoreció la aparición de reflexiones originales, centradas primordialmente en los problemas acerca de la predestinación y el libre albedrío y sobre los atributos divinos. Esta filosofía manifiesta influencias nestorianas, monofisistas (misticismo y neoplatonismo), zoroastrianas (persas), paganas de Harra y de las teorías filosóficas judías. Aparecieron diversas escuelas filosófico-teológicas de gran importancia. Durante el califato de Harún al-Rashid comienzan a traducirse al árabe las obras de Aristóteles, Euclides, Ptolomeo, Galeno, comentarios de Alejandro de Afrodisia sobre Aristóteles y Diálogos de Platón. Se tradujo una Teología, atribuida a Aristóteles, que era una compilación de fragmentos de las Eneadas de Plotino y del Liber de Causis de Proclo. Estas traducciones influyeron grandemente en la filosofía occidental a través de la escuela de Toledo (siglo XII). La filosofía griega es empleada por los árabes para justificar los principios religiosos contenidos en el Corán, por lo que se puede decir, justamente, que se trata de una escolástica. Definen a Dios como un ser necesario, identificándolo con la primera causa y el primer motor aristotélico; creen en la astrología, ya que los hombres están sujetos a la influencia de los cielos y de los astros (inteligencias celestes), y éstos se encuentran bajo la influencia directa del primer motor; aceptan la explicación, también aristotélica, del entendimiento agente y paciente. Acerca de este problema se exponen dos teorías:

  1. al-Kindī y al-Fārābī sostienen que sólo el entendimiento agente es de origen divino;
  2. Averroes sostiene que son divinos tanto el entendimiento agente como el paciente.

El entendimiento agente (poietikós) se compara con el Sol, el cual ilumina y da su luz a todas las cosas por igual. La llamada doctrina de la «doble verdad» hace referencia a la independencia de la verdad filosófica respecto a la verdad religiosa. La vida contemplativa es la propia de los filósofos; la vida religiosa es atendida como vida activa. La filosofía árabe representó un importante período de transición entre la filosofía clásica y la moderna filosofía occidental. Los principales filósofos árabes fueron: al-Kindī, al-Fārābī, Avicena, al-Ghāzālī, Avempace y Averroes.

Lingüística Editar

(Véase Idioma árabe.)

Literatura Editar

El Corán es, sin ninguna duda, el primer texto auténtico y con entidad escrito en lengua árabe, aunque existen indicios de manifestaciones literarias con fines mágicos-religiosos de dos o tres siglos antes. El libro sagrado de los musulmanes, por contener la palabra de Dios, constituye el modelo de la lengua árabe en todos sus aspectos (fonética, morfología, sintaxis). Escrito en prosa rimada, al principio fue conservado oralmente por los «memorizadores» (ḥuffāẓ), quienes lo aprendían de Mahoma de modo similar a como los rapsodas (ruwāt) preservaban y transmitían los versos de sus maestros poetas. Más tarde, hacia los siglos VIII y IX, la poesía recibió la sanción de la escritura. Según un esquema que combina los géneros literarios con su evolución diacrónica, podemos distinguir:

La poesía Editar

Clásica Editar

La poesía preislámica ofrece unos rasgos bien definidos. La estrofa predominante es la casida (qaṣīda), de unos treinta versos monorrimos divididos en tres partes: un prólogo amoroso (naṣīb), un fragmento descriptivo (raḥīl) y un panegírico (madīḥ) dedicado a un personaje. Este tipo de estrofa parece haber sido inventado en la corte de Ḥīrāʾ o en sus alrededores a fines del siglo VI. Algunas casidas famosas, tal vez galardonadas en la feria de ʿUkāẓ, fueron expuestas en la Kaaba y son llamadas Mu'allaqāt («colgadas»). El propio Mahoma aprovechó el poder propagandístico de la poesía para conseguir sus objetivos. A su muerte, este género floreció, mientras que decaía el cultivo de la prosa; aparecieron «escuelas» poéticas como la sedentaria (hiŷāzī), que canta al amor carnal, y la beduina, basada en un concepto platónico del amor (a veces denominado ʿudrī, por haberse dado en la tribu de los Banū 'Udra). Este segundo tipo influiría en la poesía mística (sufí) del mundo islámico posterior (siglo XII). Durante la transición hacia el período abasí la casida se fragmenta y origina poemas puntuales de tema cinegético, báquico, floral, etc. A esta época «modernista» adaptándolos a la estructura «clásica» del poema. Los autores de este período pueden clasificarse en cuatro grupos, en función de su dependencia económica:

  1. los independientes (califas o reyes como Abdallah ibn al-Muʿtazz o Muhammad al-Muʿtamid, de Sevilla);
  2. los que estaban a sueldo de los gobernantes, como Ibn Darrāŷ al-Qasṭallī;
  3. los proteegidos por mecenas, caso de al-Jāḥiẓ, y
  4. aquellos que, como Ibn Bassām, cobraban por incluir en sus obras noticias biográficas de otros escritores.

En al-Ándalus (España), los siglos X-XI fueron de un gran esplendor poético, sobre todo en Toledo y Sevilla, focos de concentración de las mejores plumas (Ibn Zaydūn, Ibn al-Labbāna, etc.). A partir de entonces, tanto en Oriente como en Occidente, sólo algunas figuras aisladas mantuvieron las esencias del neoclasicismo hasta el siglo XIX.

Popular Editar

Es la que se expresa en los moldes de la moaxaja (muwashshaḥ) y del zéjel (zaŷal) y transmite cancioncillas, chismes y sucesos ocasionales. La invención de la moaxaja se atribuye a Muqàddam ibn Muʿāfà al-Qabrī, de Cabra; la del zéjel, a Avempace. Ambos tipos de estrofa tendrían éxito al implantarse en los países árabes de Oriente.

La prosa Editar

Renacida en contacto con el mundo sasánida, a partir del siglo X presenta diversos tipos:

  1. prosa literaria, «buenas letras» o adab, cajón de sastre donde caben todas las ideas dstinadas a la capacitación profesional de los funcionarios. Amenizada a menudo con anécdotas y chistes, tuvo en Abū Muḥammad ʿAbdallāh ibn Qutayba e Ibn ˁAbd al-Rabbihi de Córdoba a sus mejores representantes.
  2. La prosa rimada o saŷˁ, recuperada a mediados del siglo IX cuando el estilo coránico dejó de ser tabú, se caracteriza por su barroquismo, riqueza léxica y musicalidad. Uno de sus subgrupos es el de las maqāmas (tertulias o sesiones), registro escrito de los acontecimientos cotidianos. Al-Hamadhānī fue el precursor de este estilo, cultivado por muchos literatos, como al-Ḥarīrī, y que tal vz influyó en la picaresca española del Siglo de Oro.
  3. La prosa didáctica exponía los conocimientos alcanzados por los árabes en las diversas ramas del saber. Pocas veces logra un nivel estético elevado, pero algunos autores, en especial los místicos al-Hallaŷ o Ibn ˁArabī de Murcia, constituyen una excepción a la regla.
  4. La prosa popular, transmitida normalmente por vía oral, y sólo más tarde por medio de la escritura, es típica de las novelas de caballería y de las amorosas, de los cuentos picantes y de las historias entrelazadas. Se diferencia del adab porque, en su búsqueda del mayor número posible de oyentes-lectores, prescinde de los valores estéticos y utiliza un lenguaje corriente. La redacción definitiva de estos relatos, en forma de ciclos, se llevó a cabo en Egipto entre los siglos XIII y XVIII. Estos textos ofrecen una riqueza folklórica incuestionable.

Literatura árabe moderna Editar

Entre los siglos XII y XVIII sólo destacaban algunos escritores polifacéticos (al-Suyūṭī, Ibn Jaldūn, Ibn al-Jaṭib de Granada), que no llegan a crear escuela. Cuando se produce el «renacimiento» (al-Nahḍa) literario del mundo árabe, éste acaba de entrar en contacto con las ideas de la Revolución francesa (conquista de Egipto por parte de Napoleón, 1798). Ahora bien, dicho renacimiento comienza por ser una imitación servil de los modelos occidentales que no finalizará hasta el enfrentamiento del nacionalismo egipcio con los británicos (1882). A partir de entonces se fragua una nueva concepción «nacional» del mundo árabe que, literariamente, desembocará en la denominada «generación de 1905». Al mismo tiempo, la constitución de una lengua árabe adecuada a las necesidades modernas (lugat al-ŷarāʿid), que intenta superar las variantes dialectuales de los diversos países y que, difundida por los emigrantes —sirios y libaneses, principalmente—, logra asentarse como factor de comunicación en el mundo árabe, favorecerá una eclosión literaria vigorosa hasta nuestros días, en la que los temas occidentales han sido asimilados y recreados por los autores árabes de acuerdo con su peculiar idiosincrasia. Sobresalen, ya en el siglo XX, el novelista y ensayista Ṭāhā Ḥussein, el poeta Ahmad Shawqī, el narrador Naǧīb Maḥfūẓ (premio Nobel de Literatura en 1988) y el excelente dramaturgo Tawfīq al-Hakīm, pertenecientes al mundo cultural egipcio. La al-Nahḍa ha tenido repercusiones más tardías tanto en el Próximo Oriente (Irak, Siria) como en el Norte de África (países del Magreb). Un foco muy valioso debe situarse entre los emigrados a los Estados Unidos (Ŷibrān Jalīl Ŷibrān, Mikhaʿil Nuʿayma) o a Sudamérica (Ilyās Qunṩul). La mayoría de autores jóvenes cultivan la poesía libre, desprecian la tradicional casida y se han incorporado a las grandes corrientes literarias de corte universal. A estas características debe añadirse la enorme influencia temática que ha supuesto la lucha antisionista, hasta el punto de que puede hablarse de una «novísima literatura árabe» posterior al desastre de la guerra de los Seis Días (1967), trauma integral, crisis radical y derrota del arabismo en todas sus facetas. Algún crítico ha denominado a esta literatura árabe «literatura de resistencia palestina», en la que destacan figuras como Ghassān Kanafānī (1936-1972), Rāshid Ḥussein (1936-1977), Hannā Abū-Ḥannā (n. 1928), Samīḥ al-Qāsim (1939-2014), Muḥammad Ibrāhīm Abū Sinnah (n. 1937) y Fawzī Karīm (n. 1945), entre otros. La incorporación de la mujer a las modernas tendencias de la literatura árabe y el papel cada vez más notable de los autores procedentes del Magreb, donde se cultiva la narración breve con evidente acierto, constituyen también novedades de interés en el campo de una literatura árabe «moderna», en la que los «ismos» o «escuelas» hacen acto de presencia. Así, por ejemplo, el discutidísimo movimiento «ghayr al-'amûdī wa-l-ḥurr» («fuera del verso libre y del tradicional»), nacido en Túnez. En suma, dentro de la enmarañada red de las tendencias literarias árabes contemporáneas no pueden señalarse todavía «vías» más que en sentido de «síntomas», y la mayor parte de ellos pasan por las crisis ideológicas, individuales (Muṣṭafà Maḥmūd, 1921-2009) y colectivas.

Arte Editar

La expansión árabe después de la muerte de Mahoma no permite juzgar las manifestaciones artísticas más representativas del pueblo árabe como un fenómeno histórico-cultural perteneciente a unos confines étnicos propios. Esta circunstancia conlleva que los aspectos más relevantes del arte árabe, estructurados según razones cronológicas y geográficas, sean tratados en las voces específicas de almohade, almorávide, califal, islámico, morisco, mozárabe, mudéjar, nazarí y preislámico. Existen, sin embargo, y a pesar de las diferentes épocas y de la diversa situación geográfica, ciertas características comunes basadas en la unión de lo estético y de lo religioso, cuyo resultado es un concepto de belleza y de arte muy diferente del occidental, y un evidente antinaturalismo. La norma del Profeta sobre la prohibición de representar hombres y animales, desoída con frecuencia, otorga al arte del Islam su idiosincrasia inconfundible.

Cinematografía Editar

La llegada del cinematógrafo al mundo árabe fue temprana: diez días después de la primera proyección en París tuvo lugar otra en Alejandría. Pero la creación de una industria cinematográfica autóctona no se generalizó hasta la independencia de los países árabes en los años 1950 y 1960, aunque Egipto disfrutara desde los años 1930 de una producción nacional asentada en una infraestructura —los estudios Misr, fundados en 1935, fueron los primeros del mundo árabe y africano— que le permitió alcanzar un volumen de producción importante y abastecer los mercados de la zona. El melodrama musical fue el género dominante, pero ciertos autores, como Kamal Selim —La voluntad (1939)—, acreditaron suficiente madurez para emprender obras más ambiciosas de inspiración realista. La revolución de 1952 supuso una afirmación de esta tendencia y se dieron a conocer cineastas como Salah Abu Seif —El matón (1957), Proceso 68 (1968)—, Yusuf Shahin —Estación Central (1958), La tierra (1969), Alejandría... ¿por qué? (1979)—, Henry Barakat, Tewfik Saleh y Hussein Kamal, y actores como Omar Sharif, que luego hizo carrera internacional. En otros países árabes se habían filmado producciones internacionales, pero la producción nacional no se fomentó hasta después de proclamada la independencia de los respectivos Estados; cabe destacar el papel de Argelia, donde se creó en 1967 la ONCIC (actual CADC), organismo estatal que regula la producción, importación y distribución, con obras de relieve como El camino (1968), de Mohamed Slim Riad, Nua (1972), de Abdelaziz Tolbi, El carbonero (1972), de Mohammed Buamari, Crónica de los años de brasa (1975), de Mohammed Lakhdar-Hamina, que obtuvo la Palma de Oro en el Festival de Cannes, Nah'la (1979), de Farouk Beloufa, y El hombre que miraba las ventanas (1983), de Merzak Allouache. Otros realizadores árabes destacados son el kuwaití Khalid Al Siddik, el sirio Omar Amiralay, los libaneses Borhane Alaouié —que en Kafr kasem (1974) analizó, a través de una matanza histórica, las raíces del sionismo— y Jocelyne Saab, los marroquíes Moumen Smihi —Silencio violento (1975)—, Souheil Ben-Barka, Ahmed El Maânouni y Jillali Ferhati —Muñecas frágiles (1981)—, los tunecinos Abdellatif Ben Ammar —Sejnane (1974)—, Mahmoud Ben Mahmoud —Travesías (1981)— y Taïeb Luhichi —La sombra de la tierra (1982)—. Importantes órganos de difusión del cine árabe han sido el Festival de Cartago, fundado en 1966, y las revistas Les Deux Écrans y CinémArabe.

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